martes, 15 de abril de 2008

El Altruismo y Darwin

De cuando en cuando el nombre de Darwin vuelve a ser noticia en los diarios. Los culpables son algunos individuos que han sobrevivido con mentalidad dieciochesca, como eslabones perdidos de algún capítulo de La Comedia Humana. Nuestros tristes reaccionarios se dan en Europa y en otras latitudes, confunden al vulgo y escandalizan a los hombres de ciencia de buena fe. Aunque el escándalo no lo causan por discutir el modelo darwiniano, ni mucho menos.

Como toda genuina contribución científica, la teoría de la evolución por medio de la selección natural se encuentra bajo constante crítica científica. Se ha pasado así del darwinismo al neodarwinismo y al neoneodarwinismo. En la ciencia el revisionismo es una virtud y el dogmatismo un pecado capital. Uno de los puntos que se ha puesto a discusión es la competencia entre altruistas y egoístas. De pequeños, a todos queríamos ser héroes o campeones. Aquiles, Tarzán, Napoleón, el Santo y todos los demás miembros del panteón de héroes infantiles son individuos valerosos, pero poco altruistas. El verdadero altruismo tiene siempre un tanto de martirio y nuestro egoísmo innato (o asimilado) nos lo hace poco atractivo. Sin embargo, el altruista, que pone en peligro su vida para asegurar la supervivencia de su familia o grupo social, pese a estar desapareciendo de la especie humana contemporánea, tiene su lugar en muchas especies animales "inferiores".

Pero ¿qué tienen que ver los mártires con Darwin? Pues que el héroe altruista se sacrifica por un grupo y Darwin supuso que la selección actúa sólo sobre los individuos, suposición que se mantiene en la teoría moderna: es el individuo mejor dotado en sus genes el que transmite su ventaja a sus descendientes. En apariencia, esto les daría la delantera al cínico y al egoísta, y condenaría a los genéticamente altruistas al exterminio. Esta conclusión se demostró falsa por demasiado ingenua. De hecho existen especies de aves en las que el altruismo de los padres es más la regla que la excepción. Gilpin, en su libro Group Selection in Predatory-Prey Communities, y Wilson, en la revista de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos, han propuesto dos modelos distintos que muestran, uno independiente del otro, que no sólo los grupos menos egoístas tienden a predominar (lo que es obvio), sino que el número relativo de altruistas en una población tiende a aumentar. Y esto sin violentar la acción de la selección sobre los individuos.

De manera que podemos vivir tranquilos sabiendo que la selección natural condena al exterminio a las sociedades o grupos donde predominen los egoístas. Lo que quita el sueño es pensar si la raza humana no se encuentra ya cerca de tal situación.


jueves, 27 de marzo de 2008

Crítica de Cine - Luz de domingo


Ficha Técnica


Dirección: José Luis Garci.
País: España.
Año: 2007.
Duración: 110 min.
Género: Drama costumbrista.
Interpretación: Alfredo Landa (Joaco), Paula Echevarría (Estrella), Álex González (Urbano), Kiti Manver (doña Paredes), Manuel Galiana (Alpaca), Toni Acosta (Cova), Carlos Larrañaga (Atila), Andrea Tenuta (Parrula), Enrique Villén (Longinos), Francisco Algora (Chanfaina), Mapi Sagaseta (Regina), Fernando Guillén Cuervo (Ramón).
Guión: J.L. Garci y Horacio Valcárcel; inspirado en un relato de Ramón Pérez de Ayala.
Producción: José Luis Garci.
Música: Pablo Cervantes.
Fotografía: Félix Monti.
Montaje: José Luis Garci.
Dirección artística: Gil Parrondo.
Vestuario: Lourdes de Orduña.
Estreno en España: 16 Noviembre 2007.


Crítica


El cine de calidad de José Luis Garci no engaña a nadie: da lo que promete, y obra tras obra, permanece fiel a su estilo y sus clichés. Cine tranquilo, que busca las emociones contenidas, con una espléndida factura artística y una ambientación de época muy cuidada. Una mirada nostálgica e interior al alma de sus buenos personajes, bien arraigados en el entorno y con la vista puesta en un futuro que tiene un poco de sueño americano y otro poco de retrato pintoresco decimonónico.

En esta ocasión, el asturiano pueblo de Cenciella es el escenario de la lucha enconada de dos bandos sociales, y también de un amor tan puro e ingenuo, como amenazado por rencores y venganzas ancestrales. La cariticatura de caciquismo y liberalismo en oposición abierta a comienzos de siglo, con individuos que atraviesan el charco en una y otra dirección, buscando la luz de domingo o huyendo de la oscuridad de la tragedia. Garci mueve a sus personajes entre luces y sombras, entre sentimientos de perdón y venganza, entre idealismos heroicos y mezquindades egoístas. La inspiración sobre un cuento de Ramón Pérez de Ayala aporta toda la ambientación de unos momentos de importantes cambios sociales y de una política corrupta, clima propicio para enfrentar a opuestos y extraer lo mejor y lo peor de cada parte. El sentimiento y la poesía lo pondrá Garci, con su sensibilidad, luz y planificación habituales.

Las interpretaciones acaban siendo decisivas, para crear ese microcosmos costumbrista auténtico: Alfredo Landa —su último papel en el cine— da cuerpo a una manera de entender el honor y también toda una época, mientras que Francisco Algora, Carlos Larrañaga, Andrea Tenuta o Kiti Manver forman un grupo de secundarios de lujo —bien perfilados en el guión— que arropan a una pareja de jóvenes enamorados venidos de otro mundo; por su parte, Paula Echevarría sabe imprimir a su personaje la frescura y naturalidad de la savia nueva, mientras que Álex González —en el papel de mayor complejidad— intenta dar empaque y consistencia a su personaje, aunque se nota el sobreesfuerzo que precisa para que su mirada gane madurez y bondad a la vez, por lo que se me antoja como un error de casting. Puntuación personal: 8

miércoles, 26 de marzo de 2008

Cine español

¿Por que el cine español tiene tan poca aceptación general por el público? Sencillo de contestar, las películas, tienen su aprobación y valía en función de la calidad de las mismas, un autor recoge frutos solo cuando su trabajo se considera de importancia y en caso contrario, se considera un fracaso tanto a nivel popular como de crítica. Pues bien, esta norma se rompe en el cine español, aquí se producen grandes cantidades de películas, obteniendo de inmediato la subvención económica, y para nada importa la calidad y acogida que la película tendrá después, (por no hablar de las cuotas de pantalla, que impone el Ministerio de Cultura). Se dan casos de obras que prácticamente no se estrenan; da igual, el beneficio económico, ya esta en los bolsillos de los productores.

Esta carencia de aliciente e incentivo al trabajo bien hecho, tiene dos inconvenientes, primero, premia los ejercicios mediocres o sencillamente insufribles, y segundo, iguala estos con las escasas excepciones, -que también las hay- convirtiendo el cine de producción española en una amalgama homogénea en la que es imposible discernir, lo que vale y lo que directamente es aplicable a llenar el cubo de la basura.

Los tres problemas importantes a que se enfrenta el cine patrio, son el exceso de sexo gratuito y guiones soeces, el anticlericalismo ancestral, con especial atención a ridiculizar la religión católica y la excesiva ideologización partidista a que se enfrenta. El espectador medio, esta harto de ver siempre los mismos estereotipos, caricaturizados, en la que el sentido inicial que incorporó el cine negro, -es decir ni los buenos son tan buenos ni los malos, tan malos- se aplica. Aquí se disfraza de Belcebú siempre a los mismos, y se pinta con imágenes angelicales e inocentes a los del otro bando. (Perdón por lo de “angelicales” para los aconfesionales).

En el cine es más importante “como se cuenta”, que “lo que se cuenta”. He visto muchas obras maestras, en las que no “ocurría” prácticamente nada, y también, muchos tostones en los que me han contado en noventa minutos, doce novelas de Fiódor Dostoyevski.

En fin, entre alguien que hace cine y alguien que hace películas, existe la misma diferencia que entre el pintor, Diego Velázquez, y el que diseña los folletos para seguir el Museo del Prado. Pero…Siempre nos quedará París.


Duke y Harry (y 3)

El trueno se esparció por la oscuridad. Unas pocas gotas de lluvia salpicaron el parabrisas y después una tormenta las anegó. El viento aullaba por los campos, aporreando el costado del coche. La lluvia agujereaba el techo. Harry miró hacia Duke, desplomado en su asiento, con la vista al frente, mientras los faros de los coches que cruzaban estallaban como fuegos artificiales en el parabrisas que chorreaba agua. Eran precisamente episodios como este los que se metían de una manera u otra en su música. Muy poco de su música se le ocurría como música. Todo empezaba con un estado de ánimo, una impresión, algo que había visto u oído y que más tarde traducía a música.

Al salir de Florida habían oído cantar a un pájaro invisible, tan perfecto y hermoso que podías jurar que se veía su silueta recortarse contra las vetas rojas del sol en el horizonte. Como siempre, no tenían tiempo para detenerse, así que Duke tomó nota del sonido y más tarde lo usó de base para “Sunset and the Mocking Bird”. “Lightning Bugs and Frogs” se le ocurrió cuando estaban saliendo de Cincinnati y encontraron unos árboles altos al contraluz de una luna de ping-pong. Los insectos fugaces centelleaban en el aire y en torno se oía el croar del barítono de las ranas… En Damasco, Duke se había despertado por el estruendo de un terremoto de coches, como si el tráfico de todas las horas punta del mundo se hubiera concentrado en esa ciudad, sin estar todavía despierto del todo se había visto a si mismo intentando orquestarlo. La luz de Bombay, el cielo suspendido sobre el mar de Arabia, una montaña de suciedad en Ceilán… donde estuviera, por muy cansado que se encontrara, lo apuntaba todo sin detenerse a considerar su significación, confiando en que más tarde descubriría su potencial musical. Montañas, lagos, calles, mujeres, chicas, mujeres guapas, mujeres hermosas, vistas de calles, océanos, vistas de hoteles, miembros de su orquesta, viejos amigos… Había alcanzado el punto en que casi todo lo que se encontraba tenía cabida en su música: una geografía personal de la tierra, una biografía orquestal de los colores, sonidos, olores, comidas y gentes: todo lo que había sentido, tocado y visto… Era como ser escritor de palabras en sonido, y estaba trabajando en una enorme ficción musical a la que siempre había que añadir algo y que era en definitiva sobre si mismo, sobre los tíos de la banda que la tocaban…

La lluvia amainó unos momentos y después volvió a caer incluso más fuerte que antes. Mirar por el parabrisas era como observar a través de una cascada. El viento chillaba como un loco. Harry agarró con fuerza el volante y echo un vistazo a Duke, preguntándose cuánto tardaría esa tormenta en encontrar cabida en su trabajo.


martes, 25 de marzo de 2008

Duke y Harry (2)

Así que, ¿en donde tocaremos exactamente, Duke? –preguntó Harry al pararse en un semáforo en los límites de la ciudad.

-Ni idea, Harry. Creía que lo sabías tú. Yo solo sabía el nombre de la ciudad.

-Venga, Duke… es increíble. Ya estamos otra vez.

-Sigue conduciendo. Igual vemos un cartel o nos topamos con algún tipo.

Pasaron ante vallas publicitarias y bloques de apartamentos, vías de tren y puertas oscuras de bares sin sed. Banderolas de garajes parpadeaban con luces rojas y blancas para darles la bienvenida. Los semáforos se balanceaban bajo la enormidad del cielo.

Era una ciudad venida a menos que olía a polvo y a fábricas tristes. En la mayoría de los anuncios que encontraban ponía "cerrado" o "se alquila". Después de estar revisando paredes durante diez minutos en busca de un cartel, Harry se detuvo ante una cafetería de fachada plateada y entró a preguntar. A menudo, en otras ocasiones, cuando cada uno había asumido por error que el otro sabía donde estaba el local, habían ido a sitios como este a preguntar si alguien sabía donde tocaba Duke Ellington esa noche. Por lo general alguien lo sabía –a veces alguien lo reconocía-, pero a menudo un montón de clientes movía la cabeza lentamente:

-¿Cuál Duke?

Esta parecía una ciudad de este tipo, pensó Duke, al ver la silueta de Harry desaparecer en la cafetería.

Mientras esperaba, Duke movió el espejo retrovisor para echarse un vistazo, observando las bolsas de canguro bajo los ojos y la incipiente barba que asomaba en la barbilla. Dentro de treinta minutos, una hora a lo sumo, estarían en un hotel, tiempo para dormir unas horas y comer algo. Después el espectáculo y otra vez a la carretera. Si pudiera, dedicaría una hora para intentar trabajar en esa nueva pieza que llevaba dándole vueltas en la cabeza desde que habían encendido la radio esta mañana. Nada de lo que escribía terminaba como había empezado, pero ya tenía idea de los tipos en que se podía basar: Pres, Monk, tal vez Coleman Hawkins o Mingus, y del tipo de cosas que podía intentar hacer. Saber cómo empezar, por quién empezar, esa era la parte más difícil. Había estado considerando todas las posibilidades, pero ninguno –ni Bird ni Pres ni Hawk- le daba de verdad lo que buscaba. De repente pensó que lo haría al azar: encendería la radio y empezaría por el que estuviera tocando en ese momento. Después de todo, la radio le había dado la primera idea y si sonaba alguien que no le gustaba podía ignorarlo e intentar otra vez; podía estar encendiendo la radio hasta que saliera la persona justa. Era una idea loca, pero ¡que diablos!, lo intentaría de todas maneras. Preguntándose quién sería, giró el interruptor y reconoció de inmediato los primeros compases de "Caravan", miró al espejo y vio la respuesta, sonriente y cansado, mirándose a la cara. Un segundo más tarde también vio a Harry, sonriente, salir de la cafetería y dirigirse al coche.

-Nos hemos equivocado completamente de ciudad, Duke…


Duke y Harry (1)

Era de día cuando por fin se pararon a desayunar. Entumecidos de tantas horas en el coche, entraron torpemente en la cafetería dando un portazo. El local ya estaba repleto y lleno del ruido de los camioneros, demasiado ocupados en masticar como para fijarse en Ellington, con su viejo jersey azul y sus pantalones arrugados. El sol de la mañana temblaba por las ventanas.

Bostezando, Duke pidió la misma comida de la que se había alimentado desde Dios sabe cuantos años: filete, zumo de piña y café. Harry pidió huevos y miró a Duke que removía despacio su café: en todo lo que hacía había un aire de somnolencia, pero era la somnolencia de quien acaba de despertar, nunca la de alguien a punto de acostarse. Sus enormes ojeras sugerían un cúmulo de sueño atrasado que tal vez tardaría diez años en reparar. Y, sin embargo, en lugar de recuperarlo, notaba que la falta de sueño seguía creciendo según iba arañando, noche tras noche, cinco o seis horas. Tal vez lo que mantenía a la orquesta unida era el agotamiento colectivo: llega un momento en que el cansancio agotador te engancha y dependes de él para seguir tirando. La gente no paraba de decirle a Duke que se relajara, que descansara y se tranquilizara –lo que estaba muy bien-, pero ¿de qué se iba a relajar y tranquilizar?

Comieron en silencio y en cuanto hubo acabado Duke atacó su postre: miles de "vitaminas" distintas empujadas con agua.

-¿Listo, Harry?

-Creo que si. Pidamos la cuenta.

Ambos empezaron a buscar a la camarera, deseando volver de nuevo al coche.


Cuento dedicado a Duke Ellington y Harry "Sweets" Edison.