Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de junio de 2010

«¿Qué voy a hacer ahora?»


El segundo gintonic, Pencho se vuelve hacia mí. Hace quince minutos que aguardo, paciente, esperando que se decida a contármelo. Por fin hace sonar el hielo en el vaso, me mira un instante a los ojos y aparta la mirada, avergonzado. «Hoy he cerrado la empresa», dice al fin. Después se calla un instante, bebe un trago largo y sonríe a medias con una amargura que no le había visto nunca. «Acabo de echar a la calle a cinco personas.»

Puede ahorrarme los antecedentes. Nos conocemos hace mucho tiempo y estoy al corriente de su historia, parecida a tantas: empresa activa y rentable, asfixiada en los últimos años por la crisis internacional, el desconcierto económico español, el cinismo y la incompetencia de un Gobierno sin rumbo ni pudor, el pesebrismo de unos sindicatos sobornados, la parálisis intelectual de una oposición corrupta y torpe, la desvergüenza de una clase política insolidaria e insaciable. Pencho ha estado peleando hasta el final, pero está solo. Por todas partes le deben dinero. Dicen: «No te voy a pagar, no puedo, lo siento», y punto. Nada que hacer. Los bancos no sueltan ni un euro más. Las deudas se lo comen vivo; y él también, como consecuencia, debe a todo el mundo. «Debo hasta callarme», ironiza. Todo al carajo. Lleva un año pagando a los empleados con sus ahorros personales. No puede más.


Cinco tragos después, con el tercer gintonic en las manos, Pencho reúne arrestos para referirme la escena. «Fueron entrando uno por uno -cuenta-. La secretaria, el contable y los otros. Y yo allí, sentado detrás de la mesa, y mi abogado en el sofá, echando una mano cuando era necesario... Se me pegaba la camisa a la espalda contra el asiento, oye. Del sudor. De la vergüenza... Lo siento mucho, les iba diciendo, pero ya conoce usted la situación. Hasta aquí hemos llegado, y la empresa cierra.»


Lo peor, añade mi amigo, no fueron las lágrimas de la secretaria, ni el desconcierto del contable. Lo peor fue cuando llegó el turno de Pablo, encargado del almacén. Pablo -yo mismo lo conozco bien- es un gigantón de manos grandes y rostro honrado, que durante veintisiete años trabajó en la empresa de mi amigo con una dedicación y una constancia ejemplares. Pablo era el clásico hombre capaz y diligente que lo mismo cargaba cajas que hacía de chófer, se ocupaba de cambiar una bombilla fundida, atender el correo y el teléfono o ayudar a los compañeros. «Buena persona y leal como un doberman -confirma Pencho-. Y con esa misma lealtad me miraba a los ojos esta mañana, mientras yo le explicaba cómo están las cosas. Escuchó sin despegar los labios, asintiendo de vez en cuando. Como dándome la razón en todo. Sabiendo, como sabe, que se va al paro con cincuenta y siete años, y que a esa edad es muy probable que ya no vuelva a encontrar jamás un trabajo en esta mierda de país en el que vivimos... ¿Y sabes qué me dijo cuando acabé de leerle la sentencia? ¿Sabes su único comentario, mientras me miraba con esos ojos leales suyos?» Respondo que no. Que no lo sé, y que malditas las ganas que tengo de saberlo. Pero Pencho, al que de nuevo le tintinea el hielo del gintonic en los dientes, me agarra por la manga de la chaqueta, como si pretendiera evitar que me largue antes de haberlo escuchado todo. Así que lo miro a la cara, esperando. Resignado. Entonces mi amigo cierra un momento los ojos, como si de ese modo pudiera ver mejor el rostro de su empleado. Aunque, pienso luego, quizá lo que ocurre es que intenta borrar la imagen del rostro que tiene impresa en ellos. Cualquiera sabe.

«¿Y qué voy a hacer ahora, don Fulgencio?... Eso es exactamente lo que me dijo. Sin indignación, ni énfasis, ni reproche, ni nada. Me miró a los ojos con su cara de tipo honrado y me preguntó eso. Qué iba a hacer ahora. Como si lo meditara en voz alta, con buena voluntad. Como si de pronto se encontrara en un lugar extraño, que lo dejaba desvalido. Algo que nunca previó. Una situación para la que no estaba preparado, en la que durante estos veintisiete años no pensó nunca.»


«¿Y qué le respondiste?», pregunto. Pencho deja el vaso vacío sobre la mesa y se lo queda mirando, cabizbajo. «Me eché a llorar como un idiota -responde-. Por él, por mí, por esta trampa en la que nos ha metido esa estúpida pandilla de incompetentes y embusteros, con sus brotes verdes y sus recuperaciones inminentes que siempre están a punto de ocurrir y que nunca ocurren. ¿Y sabes lo peor?... Que el pobre tipo estaba allí, delante de mí, y aún decía: No se lo tome así, don Fulgencio, ya me las arreglaré. Y me consolaba.»


martes, 3 de marzo de 2009

Reencuentro



Felipe vino a verme aquella noche, la noche que nos íbamos a ir, me dijo que si tú te ibas, él se moriría… era mi hermano. ¿Has sido feliz con él, verdad? a pesar de todo.
Bueno, digamos que tuvimos una vida tranquila y ahora de vez en cuando lo echo de menos. ¿Y tú?
Me casé, pero solo duró cinco minutos… no eras tú.
¿Qué es esa cajita, que traes?
Es un regalo para ti... un pijama.
Ella abrió la caja lentamente... esta contenía un frasquito de "Channel nº 5".


miércoles, 4 de febrero de 2009

Fuego de invierno

Ocurrió hace un par de días, de la forma más tonta. Era muy temprano, una de estas mañanas en que el frío parte las piedras en la sierra de Madrid, con el suelo cubierto de una costra de escarcha helada. Me había puesto un chaquetón y una bufanda e iba a comprar el pan y los periódicos a la tienda, que es la única que hay cerca y tiene un poco de todo, desde pan Bimbo hasta el Diez Minutos o tabaco. Está junto a la iglesia, que es pequeña y de granito. Don José, el párroco, pasa por la tienda cada mañana después de misa de ocho, a comprar el ABC. Siempre charlamos un poco sobre la vida, sobre las ovejas de su rebaño, y sobre la mies, que es mucha y cada vez más perra. Por lo general la gente llega a la tienda, compra lo suyo y se va; yo mismo suelo quedarme el tiempo justo para pedir lo mío y pagar. Pero el otro día era tanto el frío que el tendero había hecho una hoguera en la calle con algunos troncos y ramas, y estaba allí el hombre, calentándose. También estaban don José con su boina puesta y un par de viejos albañiles que trabajaban en una obra cercana. Y los pocos clientes que íbamos llegando a esa hora nos demorábamos junto a las llamas, extendiendo las manos ateridas. Y se estaba en la gloria.

Parece mentira lo que hace un buen fuego. Nadie tenía prisa en irse. Algún cliente de los que aparecen a llevarse el pan y no dicen ni buenos días se quedaba por allí, charlando. El pater se puso a evocar los tiempos en que él era cura jovencito y rural en un pueblo perdido de Navarra, cuando tenía que ir en mula por caminos nevados y daba los óleos junto a la chimenea de la cocina. Por mi parte, hablé de la mesa camilla de mi abuela, el brasero y el picón que me mandaban a comprar a la carbonería, y del día en que oí por radio la muerte de Pío XII. Uno de los albañiles rememoró su infancia en el monte como pastor, y detalló cómo sin saber contar más que hasta cinco, llevaba un minucioso registro de ovejas a base de pasar grupos de cinco piedrecitas de un bolsillo a otro. El caso es que todo aquello desató un torrente de confidencias, y al cabo de un rato estábamos allí charlando en una deliciosa tertulia improvisada en torno al fuego, gente que llevábamos años cruzándonos con un escueto buenos días y sin conocernos, y sabíamos de pronto más de unos y otros, en cinco minutos, de lo que habíamos sabido nunca.

Hogar viene de fuego, recordé. Del latín focus y de lar; dios familiar, fuego de familia, la cocina en torno a la que se ordenaba la convivencia. Para el ser humano, enfrentado al miedo y al frío de un mundo exterior que siempre fue mucho más difícil que ahora, el fuego significó tradicionalmente seguridad, compañía, supervivencia. En buena parte de las sociedades modernas ese concepto ha desaparecido; e incluso en fechas como éstas, inconcebibles ya sin la palabrería falsa y el cinismo mercanchifle de los grandes almacenes, la gente no se agrupa en torno a la cocina o a la chimenea, ni siquiera en torno a una mesa de camilla mirándose unos a otros a la cara, conversando, sino que guarda silencio en sofás y sillones mirando al frente, todos en la misma dirección: la del televisor. Y sin embargo, los viejos mecanismos, los reflejos atávicos, siguen ahí todavía. Y a veces, de pronto, en mitad de toda esta narcotizante parafernalia de la electrónica y el confort, basta un día de frío, un fuego casual que aviva la memoria genética de otros tiempos y otra forma de vida, para que los hombres vuelvan a sentirse humanos, solidarios. Para que se acerquen unos a otros, observen alrededor con curiosidad y de nuevo se miren a la cara. Para que evoquen juntos y descubran que esos fulanos que pasan sin apenas saludarse tienen una larga y azarosa historia en común, que los une mucho más que todas las cosas que los separan. Seguía llegando gente, y todos se acercaban a calentarse al fuego. Un tipo con un BMW ostentoso y chaqueta de caza, que siempre me ha parecido un perfecto gilipollas, contaba emocionado cómo su madre le calentaba la sopa cuando tenía gripe y se quedaba en la cama en vez de ir al cole. Es simpático este capullo, terminé pensando para mi coleto. El albañil que había sido pastor cuando niño ofrecía tabaco, y la gente lo encendía con rescoldos de la hoguera. Ni siquiera el tendero tenía prisa por ir a cobrar.

“Ojalá hubiera más hogueras, pater” le comente a don José mientras extendía mis manos hacia el fuego, cerca de las manos de los otros. Y el viejo párroco se reía: “A mi me lo vas a contar, hijo. A mi me lo vas a contar”.



sábado, 13 de diciembre de 2008

Cuento de Navidad


Sólo faltaban cinco días para la Navidad. Aún no me había atrapado el espíritu de estas fiestas. Los estacionamientos llenos, y dentro de las tiendas el caos era mayor. No se podía ni caminar por los pasillos. ¿Por qué vine hoy? Me pregunté. Me dolían los pies lo mismo que mi cabeza. En mi lista estaban los nombres de personas que decían no querer nada, pero yo sabía que si no les compraba algo se resentirían.

Llené rápidamente mi carrito con compras de último minuto y me dirigí a las colas de las cajas registradoras. Escogí la más corta, calculé que serían por lo menos 20 minutos de espera.

Frente a mí había dos niños, un niño de 10 años y su hermana de 5 años. Él estaba mal vestido con un abrigo raído, zapatos deportivos muy grandes, a lo mejor 3 tallas más grande. Los pantalones le quedaban cortos.

Llevaba en sus sucias manos unos cuantos billetes arrugados. Su hermana lucía como él, sólo que su pelo estaba enredado. Ella llevaba un par de zapatos de mujer dorados y resplandecientes.

Los villancicos navideños resonaban por toda la tienda y yo
podía escuchar a la niña tararearlos. Al llegar a la caja registradora, la niña le dio los zapatos cuidadosamente a la cajera, como si se tratara de un tesoro. La cajera les entregó el recibo y dijo: son 6.09 €. El niño le entregó sus billetes arrugados y empezó a rebuscarse los bolsillos.
Finalmente contó 3.12 € y dijo:

- Bueno, pienso que tendremos que devolverlos, volveremos otro día y los compraremos.

Ante esto la niña dibujó un puchero en su rostro y dijo:

- "Pero a Jesús le hubieran encantado estos zapatos".

- Volveremos a casa trabajaremos un poco más y regresaremos
por ellos. No llores, vamos a volver.

Sin tardar, yo le completé los tres euros que faltaban a la
cajera. Ellos habían estado esperando en la cola por largo tiempo y después de todo era Navidad. En eso un par de bracitos me rodearon con un tierno abrazo y una voz me dijo:

- "Muchas gracias señor".

Aproveché la oportunidad para preguntarle qué había querido
decir cuando dijo que a Jesús le encantarían esos zapatos. Y la niña con sus grandes ojos redondos me respondió:

- "Mi mamá está enferma y yéndose al cielo. Mi papá nos
dijo que se iría antes de Navidad para estar con Jesús. Mi maestra dice que las calles del cielo son de oro reluciente, tal como estos zapatos.

¿Creo que mi mamá se verá hermosa caminando por esas calles con estos zapatos?"

Mis ojos se inundaron al ver una lágrima bajar por su rostro radiante. Por supuesto que sí, le respondí. Y en silencio le di gracias a Dios por usar a estos niños para hacerme recordar el verdadero valor de las cosas.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Boby

Aburrido ya de las gracias de mi perro, Boby un pastor alemán de 6 años, decidí jugar con el de una manera diferente, lo dejé con hambre, y con mucha sed dos días enteros, luego quise saber que le pasaba, si en vez de agua le ponía en su bebedero laxante de hidróxido de magnesio, se lo tomó todo, me miraba esperando que le diera algo de comer, pero opté por encerrarlo para que me dejara tranquilo, lo puse en el oscuro sótano y te juro que si no es porque en la noche escuché un aullido, no hubiese recordado que el pobre estaba metido ahí, como ya era muy tarde lo dejé que se durmiera.

Ya en la mañana lo fui a buscar, y había diarrea por todos lados me imagino que hizo efecto el magnesio y la verdad, se notaba muy débil y algo alterado por la luz que le daba directo en los ojos, pero yo me levanté con mas ganas de fastidiarlo, así que le tiré del rabo, le apreté los testículos y le clavé con un tenedor, realmente me pareció divertido, algo en él y en mí había cambiado, ya no era más mi mascota.

Se estaba defendiendo, y me comenzó a atacar, sentí miedo pero sabía que estaba débil por la diarrea y las heridas del tenedor, agarre un hierro y se lo clavé, él no huyó, siguió intentando defenderse de mi agresión, pero al fin y al cabo es un animal, y yo podía adivinar cada movimiento que él hacía.

No me percaté de las heridas de Boby, ya que su pelo negro tapaba de alguna manera el rojo de su sangre, no fue hasta que le salió un chorro de sangre por su boca, él estaba agotado, su lengua lo delataba, no la podía esconder, me dio lástima el infeliz, pero que le podía hacer, ya estaba muy herido, y aun así seguía defendiéndose, no tuve mas remedio que parar su sufrimiento, lo atravesé con el hierro, y ahí quedo lo que era Boby. Antes de que pienses que soy un despiadado, cambiemos a Boby por un toro. Entonces, ¿que sería yo?…. ¿Un maestro? ¿Un artista? ¿Un gran torero que emociona al público?

Un ser vivo es un ser vivo, sea un perro, un gallo, un pájaro o un toro, es un ser que siente y sufre, no nos dejemos engañar por los psicópatas faranduleros que promocionan los eventos taurinos, no juguemos con el dolor ajeno. La Organización de Naciones Unidas para la Educación y la Cultura, UNESCO, define el acto de torear como "El terrible y venal arte de torturar y matar animales en público, según unas reglas, desnaturalizando la relación entre hombre y animal. Constituye un desafío a la moral, la educación, la ciencia y la cultura."

jueves, 27 de noviembre de 2008

Acoso




Hacia poco que Ana y él se habían separado. Quien lo iba a pensar, un matrimonio aparentemente feliz y normal, después de muchos años conviviendo juntos, y de llevar unidos el devenir diario, de lo que a él le parecía toda su vida. Él todavía recuerda la cara de aquella jueza, dictando la sentencia y condenándole con una orden de alejamiento, de la persona que hasta ese mismo instante había sido el ser humano menos alejado de su vida.

A partir de ese momento su día a día, se había convertido en una caída al abismo. No sentía interés por nada ni nadie, bebía en exceso y a menudo, y todo parecía haberse precipitado en una espiral rutinaria. Desde hace algunas semanas, para volver a casa desde el trabajo tomaba un extraño atajo con el coche, digo extraño, porque el recorrido le llevaba un par de kilómetros más de lo habitual. Casualmente, pasaba por la calle donde vivía Ana. No se detenía, y casi nunca miraba la ventana de la que durante mucho tiempo fue su amada, pero algunas veces, se le humedecían los ojos, con lo que él, en un intento por engañarse, pensaba que era el humo del cigarro.

Esto es acoso… y tierno.



miércoles, 12 de noviembre de 2008

¿Y tú me preguntas que es hipocresía?... Hipocresía eres tú

- Le voy a tener que multar.

- Y eso ¿por qué?

- No lleva usted puesto el cinturón de seguridad.

- Pero, si solo voy a 20 kilómetros por hora y es un recorrido corto, por dentro de la ciudad.

- Mire usted: El estado se preocupa por el bien de los ciudadanos, y muchas veces a pesar de ellos mismos, tenemos que cuidar de su integridad física y moral. Las leyes están hechas para cumplirse, amigo, y estas dicen lo que es bueno y malo para cada uno, no pudiendo elegir el individuo, el aceptarlas o no a su capricho. El Estado cuida de usted, aunque usted no quiera.

- ¡Vaya por Dios!

- Y.. ¿A dónde se dirige, ahora?

- Pues.. Primero, a comprar tabaco al estanco y después como son los San Fermines, voy a correr los toros de la ganadería de Mihura, que me han dicho que son muy bravos. Esto, lógicamente está patrocinado y pagado por el Estado.

- ¡Ah! ¡Ve! Eso está muy bien, amigo, que se divierta.


miércoles, 26 de marzo de 2008

Duke y Harry (y 3)

El trueno se esparció por la oscuridad. Unas pocas gotas de lluvia salpicaron el parabrisas y después una tormenta las anegó. El viento aullaba por los campos, aporreando el costado del coche. La lluvia agujereaba el techo. Harry miró hacia Duke, desplomado en su asiento, con la vista al frente, mientras los faros de los coches que cruzaban estallaban como fuegos artificiales en el parabrisas que chorreaba agua. Eran precisamente episodios como este los que se metían de una manera u otra en su música. Muy poco de su música se le ocurría como música. Todo empezaba con un estado de ánimo, una impresión, algo que había visto u oído y que más tarde traducía a música.

Al salir de Florida habían oído cantar a un pájaro invisible, tan perfecto y hermoso que podías jurar que se veía su silueta recortarse contra las vetas rojas del sol en el horizonte. Como siempre, no tenían tiempo para detenerse, así que Duke tomó nota del sonido y más tarde lo usó de base para “Sunset and the Mocking Bird”. “Lightning Bugs and Frogs” se le ocurrió cuando estaban saliendo de Cincinnati y encontraron unos árboles altos al contraluz de una luna de ping-pong. Los insectos fugaces centelleaban en el aire y en torno se oía el croar del barítono de las ranas… En Damasco, Duke se había despertado por el estruendo de un terremoto de coches, como si el tráfico de todas las horas punta del mundo se hubiera concentrado en esa ciudad, sin estar todavía despierto del todo se había visto a si mismo intentando orquestarlo. La luz de Bombay, el cielo suspendido sobre el mar de Arabia, una montaña de suciedad en Ceilán… donde estuviera, por muy cansado que se encontrara, lo apuntaba todo sin detenerse a considerar su significación, confiando en que más tarde descubriría su potencial musical. Montañas, lagos, calles, mujeres, chicas, mujeres guapas, mujeres hermosas, vistas de calles, océanos, vistas de hoteles, miembros de su orquesta, viejos amigos… Había alcanzado el punto en que casi todo lo que se encontraba tenía cabida en su música: una geografía personal de la tierra, una biografía orquestal de los colores, sonidos, olores, comidas y gentes: todo lo que había sentido, tocado y visto… Era como ser escritor de palabras en sonido, y estaba trabajando en una enorme ficción musical a la que siempre había que añadir algo y que era en definitiva sobre si mismo, sobre los tíos de la banda que la tocaban…

La lluvia amainó unos momentos y después volvió a caer incluso más fuerte que antes. Mirar por el parabrisas era como observar a través de una cascada. El viento chillaba como un loco. Harry agarró con fuerza el volante y echo un vistazo a Duke, preguntándose cuánto tardaría esa tormenta en encontrar cabida en su trabajo.


martes, 25 de marzo de 2008

Duke y Harry (2)

Así que, ¿en donde tocaremos exactamente, Duke? –preguntó Harry al pararse en un semáforo en los límites de la ciudad.

-Ni idea, Harry. Creía que lo sabías tú. Yo solo sabía el nombre de la ciudad.

-Venga, Duke… es increíble. Ya estamos otra vez.

-Sigue conduciendo. Igual vemos un cartel o nos topamos con algún tipo.

Pasaron ante vallas publicitarias y bloques de apartamentos, vías de tren y puertas oscuras de bares sin sed. Banderolas de garajes parpadeaban con luces rojas y blancas para darles la bienvenida. Los semáforos se balanceaban bajo la enormidad del cielo.

Era una ciudad venida a menos que olía a polvo y a fábricas tristes. En la mayoría de los anuncios que encontraban ponía "cerrado" o "se alquila". Después de estar revisando paredes durante diez minutos en busca de un cartel, Harry se detuvo ante una cafetería de fachada plateada y entró a preguntar. A menudo, en otras ocasiones, cuando cada uno había asumido por error que el otro sabía donde estaba el local, habían ido a sitios como este a preguntar si alguien sabía donde tocaba Duke Ellington esa noche. Por lo general alguien lo sabía –a veces alguien lo reconocía-, pero a menudo un montón de clientes movía la cabeza lentamente:

-¿Cuál Duke?

Esta parecía una ciudad de este tipo, pensó Duke, al ver la silueta de Harry desaparecer en la cafetería.

Mientras esperaba, Duke movió el espejo retrovisor para echarse un vistazo, observando las bolsas de canguro bajo los ojos y la incipiente barba que asomaba en la barbilla. Dentro de treinta minutos, una hora a lo sumo, estarían en un hotel, tiempo para dormir unas horas y comer algo. Después el espectáculo y otra vez a la carretera. Si pudiera, dedicaría una hora para intentar trabajar en esa nueva pieza que llevaba dándole vueltas en la cabeza desde que habían encendido la radio esta mañana. Nada de lo que escribía terminaba como había empezado, pero ya tenía idea de los tipos en que se podía basar: Pres, Monk, tal vez Coleman Hawkins o Mingus, y del tipo de cosas que podía intentar hacer. Saber cómo empezar, por quién empezar, esa era la parte más difícil. Había estado considerando todas las posibilidades, pero ninguno –ni Bird ni Pres ni Hawk- le daba de verdad lo que buscaba. De repente pensó que lo haría al azar: encendería la radio y empezaría por el que estuviera tocando en ese momento. Después de todo, la radio le había dado la primera idea y si sonaba alguien que no le gustaba podía ignorarlo e intentar otra vez; podía estar encendiendo la radio hasta que saliera la persona justa. Era una idea loca, pero ¡que diablos!, lo intentaría de todas maneras. Preguntándose quién sería, giró el interruptor y reconoció de inmediato los primeros compases de "Caravan", miró al espejo y vio la respuesta, sonriente y cansado, mirándose a la cara. Un segundo más tarde también vio a Harry, sonriente, salir de la cafetería y dirigirse al coche.

-Nos hemos equivocado completamente de ciudad, Duke…


Duke y Harry (1)

Era de día cuando por fin se pararon a desayunar. Entumecidos de tantas horas en el coche, entraron torpemente en la cafetería dando un portazo. El local ya estaba repleto y lleno del ruido de los camioneros, demasiado ocupados en masticar como para fijarse en Ellington, con su viejo jersey azul y sus pantalones arrugados. El sol de la mañana temblaba por las ventanas.

Bostezando, Duke pidió la misma comida de la que se había alimentado desde Dios sabe cuantos años: filete, zumo de piña y café. Harry pidió huevos y miró a Duke que removía despacio su café: en todo lo que hacía había un aire de somnolencia, pero era la somnolencia de quien acaba de despertar, nunca la de alguien a punto de acostarse. Sus enormes ojeras sugerían un cúmulo de sueño atrasado que tal vez tardaría diez años en reparar. Y, sin embargo, en lugar de recuperarlo, notaba que la falta de sueño seguía creciendo según iba arañando, noche tras noche, cinco o seis horas. Tal vez lo que mantenía a la orquesta unida era el agotamiento colectivo: llega un momento en que el cansancio agotador te engancha y dependes de él para seguir tirando. La gente no paraba de decirle a Duke que se relajara, que descansara y se tranquilizara –lo que estaba muy bien-, pero ¿de qué se iba a relajar y tranquilizar?

Comieron en silencio y en cuanto hubo acabado Duke atacó su postre: miles de "vitaminas" distintas empujadas con agua.

-¿Listo, Harry?

-Creo que si. Pidamos la cuenta.

Ambos empezaron a buscar a la camarera, deseando volver de nuevo al coche.


Cuento dedicado a Duke Ellington y Harry "Sweets" Edison.



martes, 4 de marzo de 2008

Desde el silencio que me rodea...

Desde el silencio que me rodea escucho hablar a mi esposa y a todos vosotros, dirigiéndoos a mí. A pesar de vuestro disimulo, observo la inseguridad que os guía en las recomendaciones que intentáis que asimile. Queréis que siga vuestros consejos y que actúe como se espera de mí, pero esto ya no depende ni de vuestras sugerencias, ni de mi voluntad. ¡Qué ilusa!, ¡ qué ilusos!, aún creéis posible que mi antigua serenidad vuelva a acomodarse en mi cerebro, y que ponga en orden mi desasosiego. Estoy indignado con la falta de respeto que se tiene hacia mi condición, y con el comportamiento tan poco cívico del destino.


Ella intenta atraer mi atención y conseguir que la confianza que siempre ha presidido nuestras relaciones, siguiera latente entre nosotros. Mi gorgoteo incomprensible quiere llamar su atención o distraerle de su compromiso para liberarle de éste. Me gustaría trasladarle una de mis anteriores intenciones, como era la de escribir un libro en el cual le relataría mi vida, pero esto no será posible si no dispongo de una guía que me dirija... o algo; algún consejo que me resuelva el orden que debo de seguir para plasmar mi realidad. En otras circunstancias – en mis anteriores circunstancias- hubiera sido capaz de construir un mundo desde el cuál poder entrar y salir en infinidad de ocasiones. Y ser cantor y ser embustero..., y ser ángel y ser demonio. Efectivamente se puede entrar y salir desde ese mundo que yo habitaba; desde el mundo que habito ahora, ya no.


Pero ella es tenaz, incapaz de aceptar mi realidad y la suya. Cree que aún puedo ser capaz de inventar un hábitat a nuestra medida igual al que disfrutan una paloma torcaz junto a un ruiseñor de plumaje gris-anaranjado. ¿Cómo es posible indicarle que desde mi mundo ya no es posible retornar? Un hombre me mira dentro de los ojos; pretende que estos le digan algo. Yo sólo puedo hablar con mis ojos y con estos le digo: Estoy habitando en un mundo que alguien ha fabricado a mi medida, aunque la verdad, no ha tenido que esforzarse mucho, sin embargo para transitar por aquí, me hace falta la ayuda vuestra tolerancia para que entendáis mi comportamiento. Éste no es el que dejan entrever mis gestos y mis palabras, las cuales se vuelven torpes y atropelladas, y consigo que no sean coherentes. Y lo siento; naturalmente que lo siento. Afortunadamente, soy capaz de entender vuestras miradas, las que a veces disfrazáis de compasión y alguno de alegría. En realidad he dejado de ser un estorbo para muchos de vosotros, y una preocupación para varios más; un número menos en la estadística que fabricáis, y un consumidor inútil para vuestros productos, un rival para el silencio y un amigo para el sereno, al cual acompañaré en su soledad y tal vez en el frío.


Tengo infinidad de cosas que deciros, sin embargo, me doy cuenta de que a nadie le interesan. Me habéis reducido a un espacio interno, y yo me he agazapado en mi ostracismo. Vuestras simplezas no pueden sacarme de él. Desde aquí quisiera que ella no se esforzara más y que me deje circular por el sendero que se presenta ante mí, donde siempre encuentro el mismo obstáculo..., los mismos obstáculos ya que son cientos de ellos: mi incapacidad para reírme, para llorar, para guardar silencio en determinadas circunstancias, y es posible que para sentir. Sentir que no puedo contestar a su llamada, a su risa, y que ya no puedo acompañarla.


Me habíais hecho creer que mis vivencias iban a ser capaces de conformarme, pero no me brindabais ninguna alternativa para ello. Sólo que detrás de unas cañas, detrás de una sonrisa, permanece inalterable mi utopía de la cuál no puedo desprenderme. También me decís – porfiando en vuestra intención- que puedo inventar un mundo a mi medida..., pero no os dais cuenta de que yo ya estoy habitando en éste. Y entro y salgo de él las veces que quiero. No tengo nada que decir y me alejo, y cuando necesito comentaros alguna anécdota, vuelvo. Esta vez he vuelto porque quiero redactaros mi vida, pero me hace falta la ayuda de alguna quimera para plasmar mi realidad. Plasmar no sería el término adecuado, ya que este vivir mío sólo es una anécdota y a pesar de eso, tengo infinitas cosas que decir. Y sin embargo me aterra pensar que nadie me va a escuchar. Vuestra recomendación para que salga de mi ostracismo es una constante que se repite en mi vida y nunca os hago caso, ya que siempre encuentro el mismo obstáculo. A pesar de mi esfuerzo no consigo que ninguna de vuestras pretensiones consigan encandilarme, y nada más lográis que mi mirada se vuelva torva e insensible, y a veces temerosa. Ya no puedo continuar andando en vuestro mismo camino, aunque la senda que me había trazado era atractiva, y eso tal vez fue mi perdición. Desbocado, mi afán fue desbocado en busca de la meta que habíais diseñado para mí, y acaso la imposibilidad de conseguirla ha hecho que deje de lado todas las pretensiones que a pesar de que no eran mis auténticas necesidades, las asumí como tales. Muy tarde me di cuenta del error que estaba cometiendo con mi vida. Ésta es una de las causas para mi negativa, pero aún hay más. Lo difícil es que consiga catalogarlas cronológicamente: ¿Cuál es la principal?, ¿cuál la que ha decidido por mi?, ¿cuál es la que puede hacerme retornar?, ¿cuál la que continua empujándome? Y ¿cuál la que me aleja de su lado?.


Admito que todos estamos locos. ¿Quién de vosotros no ha tenido sueños en los que un hada le brindaba tres oportunidades de conseguir otros tantos deseos? Yo sí, lo difícil ha sido conformarme con tres oportunidades, ya que son cientos de desarreglos los que veía a mí alrededor, y cada grito que sale de mi garganta es el recuerdo de alguno de ellos. Y grito por el mar, y grito por el cielo, por el canario enjaulado y por la paloma libre, por mi perro y su ladrido prisionero, por mi sueño y por la ausencia, por un consejo desoído, por un futuro inacabado y por un presente sin comenzar. De nuevo quiero contactar con vosotros ya que tal vez, me ayudéis a decidir si la elección que he escogido es la correcta. Así será más fácil que asuma ésta como una escapatoria, y que desestime las múltiple negativas que yo he materializado, y que me pregunte el motivo por el cuál quiero irme. Me pregunto cuáles serán vuestras peticiones; seguro que una de ellas es el deseo de que os corresponda algún premio en el juego, y ya ves, a mí eso, apenas me interesa. ¿No lo comprendéis, verdad? Veréis en mi desorientación, pero sólo estoy disfrazando mi vida y aprovecho la contingencia de que me consideráis “no apto“ para hacer lo que me interesa. Para vosotros sólo son decisiones sin fundamento. Unos lazos invisibles mueven mis brazos y en ocasiones los adecuan a vuestro deseo. El mío, mi deseo, ha sido sustituido y destruido; un Dios vengativo y cruel decide mantenerme en esta postración. Ojalá penséis que todo lo que os digo tiene algún fundamento.


De verdad, nada más veo que aún podéis escalar las metas que os han marcado y pensáis que son vuestros auténticos deseos. La diferencia entre vosotros y yo, es que aún podéis conseguirlo. Yo, ya no, Yo ahora oigo canciones, y éstas retumban en mi cabeza repitiendo el estribillo, y en mi interior adquieren diferentes matices, a pesar de que es la misma canción y nadie la escuche, e intento que ninguno vea la posibilidad de que la mía esté envuelta en euforia y que hago caso omiso de vuestros argumentos. No sois capaces de escuchar la suave melodía que me componen los pájaros en el cielo, cuando mi canto suena en el mismo momento del amanecer y les obligo a levantar el vuelo. Con las primeras luces del alba los observo como huyen hacia el sol, pero antes me dibujan en el cielo formas muy curiosas, siguiendo la estela que marca el primero de ellos; a éste, le ordeno le ordeno que gire a la derecha, y los siguientes le siguen estilizándose y componiendo la vistosa melodía que os he dicho, y que sólo yo tengo el privilegio de escuchar y saludar con el vaho de mi aliento.


Nunca me equivoco ya que si giran a la izquierda, yo rectifico mi orden. Un noctámbulo que pasa por mi lado suelta un bufido de complacencia, o de desagrado, según haya transcurrido su noche. La mía ha pasado cómo la de ayer y cómo pasará la de mañana; soy consciente de que voy a hacer un requerimiento inútil: también he estado en la misma posición que vosotros, y seguramente sentiría la misma pena que sentís vosotros al verme, y que yo sentía al mirar la confusión de otro. Ahora la confusión impera en mi alma y abotarga mis sentidos.


Pero el mismo sol no hace distinciones entre vosotros y yo... pero... calificar mi mal como más os plazca y refugiaros en mi melancolía o imaginaros que llevo conmigo una alegría desbordante. Es posible que así justifiquéis mi sonrisa, y podáis apuntaros un tanto a vuestro favor, o una excusa. Podéis decir que me río gracias a algún comentario que hacéis en mi presencia, pero no. Vuestras interjecciones ya no me hacen gracia y sólo escucho palabras que no respondo. Nada más respondo al silencio. No puedo sustraerme a oír las frases que vienen desde mi interior, aunque apriete mis oídos para no escucharlas ya que me relatan mi vida, que aunque ya no forma parte de mí, me recuerda mi primer fracaso. Un fracaso igual al que estoy viviendo ahora.


jueves, 7 de febrero de 2008

Papi...¿Cuánto me quieres?

“El día que mi Hija nació, en verdad no sentí gran alegría. Por que la decepción que sentía parecía, ser más grande que el gran acontecimiento que representa tener una hija. ¡Yo quería un varón!. A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, una lucía pálida y agotada y la otra radiante y dormilona. En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisita de mi Mari Carmen y por la infinita inocencia de su mirada fija y penetrante, fue entonces cuando empecé a quererla con locura. Su carita, su sonrisita y su mirada no se apartaban ni por un instante de mis pensamientos, todo se lo quería comprar, la miraba en cada niño o niña, hacía planes sobre planes, todo sería para mi Mari Carmen.”

Este relato era contado a menudo por Rodolfo, el padre de Mari Carmen y yo también sentía gran afecto por la niña que era la razón más grande para vivir de Rodolfo según decía el mismo.

Una tarde estaba mi familia y la de Rodolfo, haciendo un picnic a la orilla de un río cerca de casa y la niña entabló una conversación con su papá, todos escuchábamos:

- Papi,... cuándo cumpla quince años, ¿cuál será mi regalo?

- Pero mi amor, si apenas tienes diez añitos, ¿No te parece que falta mucho para esa fecha?

- Bueno papito,... tú siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí.

La conversación se extendía y todos participamos de ella. Al caer el sol regresamos a nuestras casas.

Una mañana me encontré con Rodolfo enfrente del colegio donde estudiaba Mari Carmen, quien ya tenía catorce años. Rodolfo se veía muy contento y la sonrisa no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me mostraba las calificaciones de Mari Carmen, eran notas impresionantes, ninguna bajaba del nueve y los estímulos que les habían escrito sus profesores eran realmente conmovedores. Felicité al dichoso padre.

Mari Carmen ocupaba toda la alegría de la casa, en la mente y en el corazón de la familia, especialmente en el de su padre.

Fue un domingo muy temprano cuando nos dirigíamos a misa, cuando Mari Carmen tropezó con algo, eso creíamos todos y dio un traspié, su papá la agarró de inmediato para que no cayera...Ya instalados en la iglesia, vimos como Mari Carmen fue cayendo lentamente sobre el banco y casi perdió el conocimiento. La tomamos en brazos, mientras su padre buscaba un taxi hacia el hospital. Allí permaneció por diez días y fue entonces cuando le informaron que su hija padecía una grave enfermedad que afectaba seriamente su corazón, pero no era algo definitivo, qué debía practicársele otras pruebas para llegar a un diagnóstico firme.

Los días iban pasando, Rodolfo renunció a su trabajo para dedicarse al cuidado de Mari Carmen, su madre quería hacerlo pero decidieron que ella trabajaría, pues sus ingresos eran superiores a los de él.

Una mañana Rodolfo se encontraba al lado de su hija, cuando ella le preguntó:
- ¿Voy a morir, no es cierto? ¿Te lo dijeron los doctores?

- No mi amor...no vas a morir, Dios que es tan grande, no permitiría que pierda lo que más he amado sobre este mundo respondió el padre.

-¿Van a algún lugar? ¿Pueden ver desde lo alto a su familia? ¿Sabes si pueden volver? preguntaba su Hija.

-Bueno hija,... en verdad nadie ha regresado de allá a contar algo sobre eso, pero si yo muriera, no te dejaría sola, estando en el mas allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en última instancia utilizaría el viento para venir a verte.

- ¿Al viento? ¿Y cómo lo harías?

- No tengo la menor idea hija, solo sé que si algún día muero, sentirás que estoy contigo, cuando un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas.

Ese mismo día por la tarde, llamaron a Rodolfo, el asunto era grave, su hija estaba muriendo. Necesitaban un corazón, pues el de ella no resistiría sino unos quince o veinte días más.

- ¡Un corazón! ¿Dónde hallar un corazón? ¡Un corazón! ¿Dónde Dios mío?

Ese mismo mes, Mari Carmen cumpliría sus quince años. Y fue el viernes por la tarde cuando consiguieron un donante, una esperanza iluminó los ojos de todos, las cosas iban a cambiar. El domingo por la tarde ya Mari Carmen estaba operada, todo salió como los médicos lo habían planeado. ¡Éxito total!

Sin embargo, Rodolfo todavía no había vuelto por el hospital y Mari Carmen lo extrañaba muchísimo, su mamá le decía que ya todo estaba muy bien y que su padre sería el que trabajaría para sostener la familia.

Mari Carmen permaneció en el hospital por quince días más, los médicos no habían querido dejarla ir hasta que su corazón estuviera firme y fuerte y así lo hicieron.

Al llegar a casa todos se sentaron en un enorme sofá y su mamá con los ojos llenos de lágrimas le entregó una carta de su padre.

"Mari Carmen, hijita de mi corazón: Al momento de leer mi carta, ya debes tener quince años y un corazón fuerte latiendo en tu pecho, esa fue la promesa que me hicieron los médicos que te operaron. No puedes imaginarte ni remotamente cuanto lamento no estar a tu lado en este instante.

Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías diez añitos y a la cual no respondí.

Decidí hacerte el regalo más hermoso que nadie jamás haría por mi hija... Te regalo mi vida entera sin condición alguna, para que hagas con ella lo que quieras.
¡¡Vive hija!! ¡¡Te amo con todo mi corazón!!”

Mari Carmen lloró todo el día y toda la noche; Al día siguiente fue al cementerio y se sentó sobre la tumba de su papá; lloró como nadie lo ha hecho

Y susurró:

" Papi,... ahora puedo comprender cuanto me querías, yo también te amaba y aunque nunca te lo dije, ahora comprendo la importancia de decir "Te Amo" y te pediría perdón por haber guardado silencio tantas veces”.

En ese instante las copas de los árboles se mecieron suavemente, cayeron algunas hojas y florerillas, y una suave brisa rozó las mejillas de Mari Carmen, alzó la mirada al cielo, intentó secar las lagrimas de su rostro, se levantó y emprendió regreso a su hogar.

martes, 22 de enero de 2008

Diario de un perro

Este cuento, que circula por la red, (no sé quien es el autor). La primera vez que lo leí, me dejo en un estado de postración y culpabilidad, si, culpabilidad, por pertenecer a un género, el humano, que a pesar de tener grandes cualidades, tiene en algunos casos el alma muy enferma. Reconozco, que alguna lagrima me costo, espero que a ti te pase lo mismo, es la mejor señal de que no perteneces al grupo que acabo de mencionar.


Una semana: Hoy hace una semana que he nacido. Qué alegría haber llegado a este mundo.

Un mes: Mi mamá me cuida muy bien. Es una mamá ejemplar.

Dos meses: Hoy me separaron de mi mamá. Ella estaba muy inquieta y con sus ojos me dijo adiós. Espero que mi nueva familia humana me cuide tan bien como ella me ha dicho que harán.

Cuatro meses: He crecido rápido, y todo me llama la atención. Hay varios niños en la casa que para mí son como hermanitos. Somos todos muy inquietos, ellos me tiran del rabito y yo les mordisqueo jugando. Nos divertimos mucho.

Cinco meses: Hoy me regañaron. Mi ama se molestó porque me hice pipí dentro de casa, pero nunca me habían dicho dónde hacerlo. Además duermo en un cuartito...y ¡ya no aguantaba más!

Ocho meses: Soy un perro feliz. Tengo el calor de un hogar, y me siento tan seguro, tan protegido...Mi familia humana me quiere y me deja hacer muchas cosas. Cuando están comiendo yo les pido algo y siempre me lo dan. Y el jardín de casa es estupendo, y puedo escarbar como mis antepasados los lobos, escondiendo la comida. Creo que nunca hago nada mal porque nunca me dicen nada...

Doce meses: Hoy cumplí un año. ¡Soy un perro adulto! Mis amos dicen que crecí más de lo que ellos pensaban. Seguro que se sienten orgullosos de mí...

Trece meses: Que mal me sentí hoy. Mi hermanito, uno de los niños, me quitó la pelotita. ¡Yo nunca le quito sus juguetes! Así que se la quité, pero mis mandíbulas se han hecho fuertes y le hice daño sin querer. El gritó y lloró y yo me sentí muy triste. Después del susto me encadenaron casi sin poder moverme. Hacía mucho sol y tenía mucho calor y no había agua cerca...Y les oí decir que iban a tenerme en observación o algo así, y que soy un desagradecido. No entiendo nada.

Quince meses: Ya nada es igual. Vivo en la azotea y me siento muy solo. No se por qué mi familia ya no me quiere. A veces se les olvida que tengo hambre y sed, y cuando llueve no tengo ningún techo para cobijarme.

Dieciséis meses: Hoy me bajaron de la azotea. Me puse muy contento de que me perdonaran, y daba saltos de gusto, y movía el rabito como nunca. ¡Y además me van a llevar de paseo! Monto en el coche y espero a ver a dónde me llevan, tengo muchas ganas de correr y jugar con mi familia. Paramos, abrieron la puerta y yo me bajé feliz. Estábamos en la carretera, al lado de un campo y pensé que pasaríamos un día estupendo. No entiendo por qué cerraron la puerta y se fueron. ¡Esperadme!, les grité, ¡Os olvidáis de mí! Corrí detrás del coche con todas mis fuerzas, muy angustiado, iba viendo que no podría alcanzarles, que no podía correr más y el coche se iba haciendo pequeñito. Me habían olvidado.

Diecisiete meses: He intentado encontrar el camino para volver a casa y no lo he conseguido. Estoy perdido. A veces me encuentro con gente buena que me mira triste y me da algo de comer. Yo les doy las gracias con la mirada, y les digo que querría que me adoptaran, que les prometo ser leal como nadie...pero sólo dicen "pobre perrito, se debe haber perdido". Y se van y me dejan sólo otra vez.

Dieciocho meses: Es otro día pasé por un colegio y ví a muchos niños como mis antiguos hermanitos. Me acerqué y un grupo de ellos, riéndose, me lanzó una lluvia de piedras, "a ver quien tiene mejor puntería", decían. Una de las piedras me dio en un ojo y ya no veo con él.

Diecinueve meses: Ahora ya no se me acerca casi nadie, creo que es porque ya no soy un perro bonito. Estoy muy flaco, perdí mi ojo, tengo alguna herida de algún perro más fuerte que me mordió cuando intentaba comer y hace mucho que nadie me cepilla el pelo. La gente no me acaricia. Últimamente lo que abundan son los escobazos que me dan cuando intento dormir un poco a la sombra de alguno de sus porches.

Veinte meses: Casi no puedo moverme. Hoy intenté cruzar la calle por donde pasan coches y uno me atropelló. Aunque yo creo que estaba en un lugar seguro...y no olvidaré la mirada de satisfacción del conductor que hasta se ladeó con tal de darme...Si me hubiera matado...pero que va, sólo me dislocó la cadera y el dolor es horrible. Mis patas traseras no se movían, así que con mucha dificultad me arrastré hacia el borde del camino, donde había un poco de hierba.

Llevo diez días bajo el sol, la lluvia y el frío, sin comer. Ya no me puedo mover nada, el dolor es insoportable. Me siento muy mal, cuando llovió se hizo un charco donde yo estaba y como no podía moverme estuve mojado muchísimo tiempo, y creo que mi pelo se está cayendo. Alguna gente pasa sin verme, otros me dicen "no te acerques"...¡pero si ni me puedo mover!

Ya casi estoy inconsciente, pero una fuerza extraña me hizo abrir los ojos. Una mujer muy dulce me decía "pobre perrito, cómo te han dejado". Junto a ella venía un señor de bata blanca, que empezó a tocarme y dijo "lo siento señora, pero esto ya no tiene solución, es mejor que deje de sufrir". A la señora se le saltaron las lágrimas y asintió, y como pude, moví el rabito agradeciéndole que me ayudara a descansar. Sentí un pinchazo de la inyección y me dormí mientras ella me acariciaba la cabeza, pensando porqué tuve que nacer si nadie me quería.

martes, 15 de enero de 2008

Pasar a otra vida

Cuando despertó en aquella habitación, lo primero que sintió fue un agudo dolor de cabeza, como si algo penetrante le traspasara las sienes, mecánicamente, se sujetó ambos lados de la cabeza, apretando con las palmas de sus manos, como si así evitara que esta fuera a explotar. Miró a su alrededor, estaba en una habitación de pequeño tamaño, en la que no había ningún mueble, y que casi le deslumbraba por su absoluto color blanco. Todo limpio, exageradamente limpio, impoluto diría yo.

No se oía ningún ruido, por la puerta, semi-abierta, se podía adivinar un exterior más luminoso aún. – ¿Pero donde estoy?, ¿Cómo he llegado aquí?-, se preguntó sin abrir los labios. Apenas si se podía mover del lecho donde estaba tendido. Todo su cuerpo se negaba a obedecer los impulsos que le enviaba el cerebro, al mismo tiempo que con cada intento de desplazamiento sentía un fuerte dolor en el músculo que había deseado activar.

Oyó pasos fuera, abrió la boca para gritar, pero solo expulso un débil susurro entrecortado:

- Oiga, ¿Hay… Hay alguien ahí? –paso un rato que le pareció infinito, hasta que súbitamente, asomó una cabeza, por el hueco que dejaba la puerta entreabierta. Pertenecía a un hombre de edad aparentemente senil y extremadamente delgado, de escasa estatura, este con mirada penetrante y ojos muy abiertos, le espetó:

- ¡Hombre, ya estás aquí!, al final todos acabamos llegando.

- ¿Qué es esto?, ¿donde estoy?, ¿tu quien eres?

- Todos dicen lo mismo cuando llegan aquí, no eres nada original. Ya te lo explicará el jefazo..., si, el de las barbas, con su corte celestial, pero cada cosa en su momento. Yo soy Diógenes de Sinope, y me voy, porque estoy buscando a Alejandro Magno, pues le debo disculpas y una explicación, cuando me quitó el sol, reconozco que aquella vez fui muy brusco con él.

- ¿Diógenes?, ¿Alejandro Magno?, ¿Cómo que..?.

Y sin dejarle decir nada más, el viejo hombre dio media vuelta y salió por la puerta con paso firme y decidido. –Absolutamente sorprendido y sin saber que pensar ni que decir-, apoyó la cabeza sobre lo que parecía una almohada.

De repente como si se le hubiera encendido una luz en el cerebro, abrió los ojos de par en par, y sintió pánico sobre lo que le vino a la mente. ¡Claro!, ahora lo entiendo, estoy muerto, esto es el cielo o algo parecido. Intento recordar que había pasado, pero fue inútil, ¿y ahora?, ¿como será todo esto? ¡El Jefe de las barbas, y su corte celestial!… ¿será verdad todo lo que nos han dicho sobre el juicio ?,

Un rostro joven y angelical, asomo por el resquicio de la puerta mirándole fijamente.

- ¿Cómo estás?

-¿Esto es el cielo, verdad… o tal vez el purgatorio?

-No, esto es un manicomio.

(Jesús Soto)

viernes, 11 de enero de 2008

Amor sin fin...

Un día, comiendo en un típico restaurante asturiano, cerca de un bosquecillo, nos encontramos con un señor bastante mayor que, no sé, inspiraba ternura. Al cabo de un rato me acerqué a él a pedirle fuego y nos pusimos a hablar y me contó una historia que no se me olvidará. A ver que os parece…

Era pastor, estaba casado con la mujer de la que se enamoró cuando sólo tenía 15 años. Vivía en una pequeña casa rodeada de verdes praderas, su mujer estaba embarazada de un niño muy deseado, en fin, era feliz.

Todas las tardes al terminar de recoger el ganado, iba con su mujer a buscar agua a una fuente que había cerca de su casa hasta que un fatídico día dando ese paseo ella se resbaló y se dio un mal golpe y falleció desmoronándose así toda la alegría e ilusiones del joven pastor.

A pesar de eso, él seguía yendo a esa fuente todos los días, se sentaba en una piedra esperando a que ella volviera a verle.

En ese momento, al mirarle, vi a un hombre aún enamorado, a pesar de la cantidad de tiempo que había pasado, le brillaban las ojos y en algunos momentos se le llenaban de lágrimas, y debo confesar que a mi también. Voy a seguiros contando esta historia, no se si vedad o ficción…

Tales eran las ganas que tenía de verla, que sentía como ella todas las tardes venía, se sentaba con él, le hablaba al oído, le rozaba la piel y cuando empezaba a amanecer se despedían hasta el siguiente día.

Una noche se quedó dormido y en sus sueños la escuchó como le decía que ese iba a ser el último día que vendría, que a pesar de que sabía que su muerte le había roto el corazón tenía que seguir viviendo, que ella viéndole así sufría mucho, tenia que empezar a asumirlo…

Esa mañana cuando al despertarse tenía a su lado el anillo que le había regalado el día de su boda, cerró los ojos y la juró que intentaría ser feliz pero que jamás la olvidaría ni querría a otra mujer como a ella. Colgó el anillo en la cadena que tenía en el cuello y se puso a llorar. Entendió que se había quedado solo.

Cuando nos lo terminó de contar, Jaime, que así se llamaba el hombre, estaba llorando, y nosotros también, y ahí, en ese restaurante, entendí que el amor verdadero existe y que hay que aprovechar todos los momentos de la vida porque sin esperártelo a veces el destino te juega malas pasadas. (Mamen Soto Gamararra)

martes, 8 de enero de 2008

Anochece en Birdland


Era ese momento tranquilo de la tarde, cuando la gente de día vuelve a casa de su trabajo y la gente nocturna llega a Birdland. Desde la ventana de su hotel veía Broadway volverse oscuro y resbaladizo por la lluvia indecisa. Se sirvió una copa, amontonó una colección de discos de Sinatra y Billie Holiday, en el tocadiscos…, tocó el teléfono silencioso y volvió a la ventana. Enseguida la vista se empañó con su respiración. Tocando el reflejo brumoso, como si fuera un cuadro, su dedo trazó líneas húmedas en torno a sus ojos, boca y cabeza, hasta que vio que se convertía en una cosa con forma de calavera chorreando que borró con el borde de la mano.

La muerte ya no era ni una frontera, solo algo que cruzaba según iba de la cama a la ventana, algo que ocurría tan a menudo que ya no sabía ni en qué lado estaba. A veces, como quien se pellizca para ver si está soñando, se buscaba el pulso para ver si seguía vivo. Casi nunca conseguía encontrarse el pulso, ni en la muñeca, ni en el pecho, ni en el cuello; con esfuerzo creía poder oír un latido sordo y bajo, como un tambor apagado en un funeral en lontananza o alguien sepultado bajo tierra que golpea la tierra húmeda.

Los colores resbalaban de las cosas, incluso el anuncio de fuera era un pálido residuo de verde. Todo se estaba volviendo blanco. Entonces se percató: era nieve que caía en las aceras a grandes copos, abrazando las ramas de los árboles, tendiendo una manta blanca sobre los coches aparcados. No había tráfico, nadie caminaba por la calle, nada de ruido. Todas las ciudades tienen silencios como este, intervalos de descanso en que –aunque solo sea un instante en un siglo- nadie habla, ningún teléfono suena, no hay televisores encendidos y los coches no se mueven.

Cuando el zumbido del tráfico se reanudó, puso el mismo montón de discos y volvió a la ventana. Sinatra y Lady Day: su vida era una canción que se estaba acabando. Apoyó el rostro en el cristal y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, la calle era un río oscuro con las orillas cubiertas de nieve. (Jesús Soto)

viernes, 4 de enero de 2008

¿Cuento de amor?

Recientemente, Ana y él se habían separado. Quien lo iba a pensar, un matrimonio aparentemente feliz y normal, después de muchos años de convivir juntos, y de llevar entrelazado el devenir diario de casi media vida. Todavía recuerda la cara de aquella juez, dictando la sentencia y además condenándole a él con una orden de alejamiento, de la persona que hasta ese mismo instante, había sido el ser humano menos alejado de su vida.

A partir de ese momento su día a día, se había convertido en una caída al abismo. Apenas salía con sus amigos y todo parecía haberse precipitado en una espiral rutinaria. Desde hace algunas semanas, para volver a casa desde el trabajo tomaba un extraño atajo con el coche, digo extraño, porque este atajo le llevaba un par de kilómetros más. Casualmente, pasaba justo por la calle donde vivía Ana. No se detenía, casi nunca miraba a la ventana de la que durante media vida fue su mujer, y solo algunas veces, se le humedecían los ojos, con lo que él, en un intento por auto engañarse, hacia ver que era el humo de su cigarro.

Esto es acoso y… tierno.

(Jesús Soto)