domingo, 14 de agosto de 2011

Ateos


Es de todos sabido que el término ateo, es el que como idea religiosa niega la existencia de Dios. Simple y llanamente, ¿verdad?, pues no. Yo al menos distingo dos tipos de ateos muy diferentes entre sí: el ateo autentico y el ateo profesional.

El ateo autentico, reconoce y respeta al creyente, sea este de la religión que sea. No hace gala de su ateísmo, y como si fuera una religión más, en su interior, en el templo de la razón, se auto-convence en sus no-creencias. Prácticamente no hace apología, y jamás insulta o menoscaba los principios y personas que no comulgan con su no-creencia.
El ateo profesional, es el que grita en público y en privado, contra todas las religiones, (especialmente la católica), esgrimiendo autenticas falacias mentiras, mitos y demagogias, con el fin de atacar, menospreciar, y ridiculizar, al que no piensa como él. En algunos casos las palabras dan pie a los hechos, todos recordaremos no hace mucho tiempo, la toma de iglesias por parte de algunos jóvenes, destrozando enseres, y atacando físicamente al oficiante de la misa, ¡cuidado! Esto me suena de antes, ¡ah! Si. Los inicios de los nazis en Alemania cuando entraban en Sinagogas haciendo exactamente lo mismo, posteriormente se marcaba a los judíos y sus posesiones... pero no sigo, todos sabemos (o deberíamos saber) como terminó.

El otro día leí, que los “indignados” estaban planeando una marcha para atacar las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ), y hacerle saber al Papa que no es bienvenido, en Madrid. ¿Alguien puede decirme que le ha hecho la Iglesia Católica a “los indignados”?  ¿Qué tiene que ver la Iglesia con la crisis económica en España? Bueno salvo que la entidad Caritas, que pertenece a la Iglesia está ayudando a varios miles de familias necesitadas en España. Caritas y las pequeñas parroquias, no vaya usted a ninguna sede de partidos a pedir ayuda. Ahí..no. ¡Ah! claro los gastos que representan para todos la visita del Papa, pues bien hermano, teniendo en cuenta que la visita se sufraga en un 85% con aportaciones privadas, queda el 15% correspondiente a policía y limpieza. Muchísimo menos que los citados “indignados” nos han costado hasta ahora, o como en un partido de futbol, de alto riesgo. No quiero hacer demagogia (seria caer en lo que yo tanto odio) y citar los ingresos extras que dos millones de personas suponen para Madrid (España entera), alojándose, comiendo, bebiendo y haciendo turismo.

En términos futbolísticos, algo que en este país, se entiende muy bien, (hoy me estoy refiriendo mucho al futbol, no debo estar inspirado) el ateo profesional, va al campo, pero del rival, para así poderse pasar el partido gritando, que malos son los jugadores de este equipo. Mientras que el ateo autentico iría a su propio estadio a animar a los  suyos propios.

Yo particularmente cuando algo no me gusta, procuro no hablar de ello, pienso que están equivocados y ahí queda la cosa. El ateo profesional dedica todas sus fuerzas y conocimientos, (a menudo muy escasos) a atacar al creyente. Si les acorralas un poquito, es muy fácil, basta con tener un mínimo de cultura, dan un giro cirquense afirmando que ellos no tienen nada malo contra los fieles, y sí contra la Iglesia y sus gobernantes…. Patético.

Yo no estoy de acuerdo con ninguno de ellos pues soy cristiano creyente, pero desde este humilde blog quiero dar un abrazo y extenderles todo mi respeto al ateo autentico.

En cuanto al otro, al profesional…..desprecio.


viernes, 12 de agosto de 2011

¿Donde está La Codorniz del Siglo XXI?


¿Por qué en España no hay prensa humorística? ¿Es que no hay hueco en el kiosco para La Codorniz del siglo XXI? Es verdad que todavía hoy sobrevive El Jueves, pero no puede decirse de que sea la sucesora de La Codorniz porque dista mucho de ser "la revista más audaz para el lector más inteligente". Murió Hermano Lobo y apenas sobrevivió El Cocodrilo de Alfonso Ussía.

¿Por qué ocurre esto aquí que siempre ha habido buena sátira política y magníficos humoristas gráficos? Hay una explicación bien sencilla. La actualidad, la información pura y dura, los despachos de agencia, sin necesidad de tocarles una coma, son tan graciosos que resultan imposibles de mejorar. ¿No me creen?
Así, a bote pronto, recuerdo lo de que la Universidad de Sevilla iba a permitir copiar en los exámenes, el discurso de Miguel Ángel Moratinos en lingala, lo de Maleni, que no quería presentarse por la "circuncisión" de Málaga, o cuando Zapatero dijo aquello de que la tierra es del viento, o lo de Bono, que siendo ministro de Defensa prefería morir a matar, o lo de la Pajín con la conjunción planetaria.
Ustedes dirán que eso no vale, que más de siete años de zapaterismo dan para mucho, pero lo discutible es que den para tanto como para hacer inviable un semanario de humor. Bueno, pues vean las siguientes noticias, que son todas de hace menos de una semana.
Según Ramón Jáuregui (¡Jáuregui, no Maleni ni Pajín!) ha dicho que a Zapatero lo recordará la Historia "porque con él se inició un camino difícil, pero se empezó a recuperar y resolvió problemas muy graves". No hay ironía que pueda mejorar semejante augurio de cuál será el juicio de la Historia sobre Zapatero.
Otra: "Marruecos reclama la mitad de los ingresos de La Alhambra de Granada". Se supone que tan brillante idea partió del ministro de Cultura marroquí. Es verdad que la noticia ha sido desmentida, pero lo increíble es que haya que desmentirla porque, de no hacerlo, todos hubiéramos creído en su autenticidad.
Más: Blanco dice que los mercados desconfían de Rajoy porque aumenta la prima de riesgo cuando se anuncian elecciones anticipadas. Es verdad que, viendo que no se reía nadie en la rueda de prensa, el sujeto aclaró que se trataba de un chiste. Y ahí está lo gracioso, en cómo puede permitirse un ministro Zapatero gastar bromas por la agobiante situación económica que padecemos, entre otras cosas, por su culpa.
La última: Elena Salgado, tras recordar que le porcentaje de deuda con relación al PIB es superior en Alemania a lo que lo es en España, admitió que Alemania tampoco tendrá problemas en el futuro para pagarla. Ángela Merkel debe estar muy agradecida a Salgado por haber apoyado al poco fiable bono alemán.
Con semejante competencia, es imposible sacar con éxito un semanario de humor. Cuando vengan tiempos más serios, si es que llegan, veremos.

miércoles, 1 de junio de 2011

Algunas perlas de Leonard Cohen


1. «Abrí un libro (de Lorca) por casualidad en una librería de Montreal. Su mundo me resultaba muy familiar. Tenía la sensación de que allí estaba la razón de ser del lenguaje. Era como la música folk bañada por la luz de la luna».
2. «Empecé a escribir el día que murió mi padre. Recuerdo que plasmé mis sentimientos en un trozo de papel. Luego, rasgué una corbata de mi padre, metí allí el papel y lo enterré en el jardín. Fue la primera vez que establecí una relación entre la literatura y las cosas importantes de la vida».
3. «El sufrimiento me ha llevado donde estoy» (1970, poco antes de la publicación de Songs of love and hate)
4. «Traducir el Pequeño Vals Vienés (Take this Waltz)] me costó ciento cincuenta horas de trabajo y una depresión».
5. «No creo que este mundo acepte una solución. No creo que este mundo se solucione nunca. No creo que esto sea el Paraíso. Esto es el mundo y, como tal, seguirá torturado por conflictos».
6. «En cuanto a mis influencias, bueno, cometí el error de aceptar una oferta del periódico Los Angeles Times. Es enorme. Y ya que alguien se toma la molestia de dejarlo en mi puerta cada mañana, lo cojo con gran reverencia y lo abro. Necesitas cinco tazas de café para leerlo, no te deja mucho tiempo para hacer otras cosas».

lunes, 20 de diciembre de 2010

Ella


Lo que se promete, se cumple. Os dije que más adelante colgaría más fotos de mi perra Ella. Ya tiene casi un año, solo le faltan 15 días. Pues aquí están.

Abstenerse cacos....



Jugando...



y descansando...


¿a que es bonita?






martes, 2 de noviembre de 2010

Una historia de guerra


Alguien escribió en cierta ocasión que si una historia de guerra parece moral, no debe creerse. Y alguna vez lo repetí yo mismo. Pero eso no es del todo verdad. O no siempre. Como todas las cosas en la vida, la moralidad de una historia depende siempre de los hombres que la protagonizan, y de quienes la cuentan. Ésta de hoy es una historia de guerra, y quiero contársela a ustedes tal como algunos amigos míos me han pedido que lo haga. La moralidad la aportan ellos. Yo me limito a ponerle letras, puntos y comas.


Base de Mazar Sharif, Afganistán. Cinco guardias civiles, de comandante a sargento, perdidos en el pudridero del mundo, formando a la policía afgana. Cinco guardias de veintidós llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geografía hostil y cruel, en misión de alto riesgo, en una guerra a la que en España ningún Gobierno llamó guerra hasta hace cuatro días. Los cinco de Mazar Sharif, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sabían desde el principio que a la Guardia Civil nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Afganistán. Si lo que iban a hacer allí fuera fácil, seguro, cómodo o bien pagado, otros habrían ido en vez de ellos. Aun así, lo hicieron lo mejor que podían. Que era mucho. Atrincherados en una base con americanos, franceses, holandeses y polacos, vivían con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuertes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. Sólo frío, calor, insolaciones, sueño, enfermedades, soledad. Peligro. Los únicos cinco españoles de la base, de la provincia y de todo el norte de Afganistán.


Ellos y sus compañeros habían llegado a la misión tarde y mal, aunque ésa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun así, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al guardia civil, se pusieron al tajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa puesta. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holandeses y franceses, sabe de qué van las cosas. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y despectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de Picolandia: aprender rápido, trabajar más que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar. Y así, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Mazar Sharif se hicieron respetar.


Un triste día se enteraron de la muerte de sus dos compañeros en Qualinao. De la pérdida de dos guardias civiles de aquellos veintidós que llegaron hace medio año, y de su intérprete. Y pensaron que el mejor homenaje que podían hacerles era que la bandera norteamericana que ondea en la base fuese sustituida, aquel día, por la española a media asta. Eso no se hace allí nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los franceses sufrieron numerosas bajas, y también caen holandeses y polacos. Así que el jefe de los guardias civiles, el comandante Rafael, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedió éste, aunque extrañado por la petición. Saliendo del despacho, el guardia civil se encontró con el jefe del contingente francés, quien dijo que a él y a sus hombres les parecía bien lo de la bandera. En ésas apareció otro norteamericano, el mayor James, que nunca se distinguió por su simpatía ni por su aprecio a los españoles, y con el que más de una vez hubo broncas. Preguntó James si los muertos de Qualinao eran guardias civiles como ellos, y luego se fue sin más comentarios.

A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas había vida, los cinco guardias se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco españoles en el culo del mundo: Rafael, Óscar, Rafa, Jesús y José. Cuando se disponían a arriar la enseña, apareció el teniente coronel francés con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el mayor James, el teniente Williams y veinte marines norteamericanos. Y también los polacos y los holandeses. Hasta el pequeño grupo de Dyncorp, la empresa de seguridad privada americana destacada en Mazar Sharif, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco españoles, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta. Y entonces, sin himnos, cornetas, autoridades ni protocolo, el capitán Rafa y el sargento José arriaron despacio la bandera. Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Entonces alienta la virtud y mejora a los hombres. Por eso la he contado hoy.


viernes, 11 de junio de 2010

«¿Qué voy a hacer ahora?»


El segundo gintonic, Pencho se vuelve hacia mí. Hace quince minutos que aguardo, paciente, esperando que se decida a contármelo. Por fin hace sonar el hielo en el vaso, me mira un instante a los ojos y aparta la mirada, avergonzado. «Hoy he cerrado la empresa», dice al fin. Después se calla un instante, bebe un trago largo y sonríe a medias con una amargura que no le había visto nunca. «Acabo de echar a la calle a cinco personas.»

Puede ahorrarme los antecedentes. Nos conocemos hace mucho tiempo y estoy al corriente de su historia, parecida a tantas: empresa activa y rentable, asfixiada en los últimos años por la crisis internacional, el desconcierto económico español, el cinismo y la incompetencia de un Gobierno sin rumbo ni pudor, el pesebrismo de unos sindicatos sobornados, la parálisis intelectual de una oposición corrupta y torpe, la desvergüenza de una clase política insolidaria e insaciable. Pencho ha estado peleando hasta el final, pero está solo. Por todas partes le deben dinero. Dicen: «No te voy a pagar, no puedo, lo siento», y punto. Nada que hacer. Los bancos no sueltan ni un euro más. Las deudas se lo comen vivo; y él también, como consecuencia, debe a todo el mundo. «Debo hasta callarme», ironiza. Todo al carajo. Lleva un año pagando a los empleados con sus ahorros personales. No puede más.


Cinco tragos después, con el tercer gintonic en las manos, Pencho reúne arrestos para referirme la escena. «Fueron entrando uno por uno -cuenta-. La secretaria, el contable y los otros. Y yo allí, sentado detrás de la mesa, y mi abogado en el sofá, echando una mano cuando era necesario... Se me pegaba la camisa a la espalda contra el asiento, oye. Del sudor. De la vergüenza... Lo siento mucho, les iba diciendo, pero ya conoce usted la situación. Hasta aquí hemos llegado, y la empresa cierra.»


Lo peor, añade mi amigo, no fueron las lágrimas de la secretaria, ni el desconcierto del contable. Lo peor fue cuando llegó el turno de Pablo, encargado del almacén. Pablo -yo mismo lo conozco bien- es un gigantón de manos grandes y rostro honrado, que durante veintisiete años trabajó en la empresa de mi amigo con una dedicación y una constancia ejemplares. Pablo era el clásico hombre capaz y diligente que lo mismo cargaba cajas que hacía de chófer, se ocupaba de cambiar una bombilla fundida, atender el correo y el teléfono o ayudar a los compañeros. «Buena persona y leal como un doberman -confirma Pencho-. Y con esa misma lealtad me miraba a los ojos esta mañana, mientras yo le explicaba cómo están las cosas. Escuchó sin despegar los labios, asintiendo de vez en cuando. Como dándome la razón en todo. Sabiendo, como sabe, que se va al paro con cincuenta y siete años, y que a esa edad es muy probable que ya no vuelva a encontrar jamás un trabajo en esta mierda de país en el que vivimos... ¿Y sabes qué me dijo cuando acabé de leerle la sentencia? ¿Sabes su único comentario, mientras me miraba con esos ojos leales suyos?» Respondo que no. Que no lo sé, y que malditas las ganas que tengo de saberlo. Pero Pencho, al que de nuevo le tintinea el hielo del gintonic en los dientes, me agarra por la manga de la chaqueta, como si pretendiera evitar que me largue antes de haberlo escuchado todo. Así que lo miro a la cara, esperando. Resignado. Entonces mi amigo cierra un momento los ojos, como si de ese modo pudiera ver mejor el rostro de su empleado. Aunque, pienso luego, quizá lo que ocurre es que intenta borrar la imagen del rostro que tiene impresa en ellos. Cualquiera sabe.

«¿Y qué voy a hacer ahora, don Fulgencio?... Eso es exactamente lo que me dijo. Sin indignación, ni énfasis, ni reproche, ni nada. Me miró a los ojos con su cara de tipo honrado y me preguntó eso. Qué iba a hacer ahora. Como si lo meditara en voz alta, con buena voluntad. Como si de pronto se encontrara en un lugar extraño, que lo dejaba desvalido. Algo que nunca previó. Una situación para la que no estaba preparado, en la que durante estos veintisiete años no pensó nunca.»


«¿Y qué le respondiste?», pregunto. Pencho deja el vaso vacío sobre la mesa y se lo queda mirando, cabizbajo. «Me eché a llorar como un idiota -responde-. Por él, por mí, por esta trampa en la que nos ha metido esa estúpida pandilla de incompetentes y embusteros, con sus brotes verdes y sus recuperaciones inminentes que siempre están a punto de ocurrir y que nunca ocurren. ¿Y sabes lo peor?... Que el pobre tipo estaba allí, delante de mí, y aún decía: No se lo tome así, don Fulgencio, ya me las arreglaré. Y me consolaba.»