Preocupantes son las cifras del mercado cinematográfico español en 2008, difundidas ayer por el Ministerio de Cultura, ratifican la crisis del sector. Bajan el número de espectadores totales, y el cine español tiene una caída de 1,4 millones. Pero estas son absolutamente comprensibles si entendemos que el cine patrio lejos de ser una industria que busca la calidad y que premia el trabajo bien hecho, se nutre de la teta nacional, que son las subvenciones, dadas, indiscriminadamente y sin ninguna supervisión sobre el pelaje de lo que se realiza. Actualmente el importe que se destina a subvenciones, es superior a lo que se recauda en taquilla. Esto ya da una imagen nítida, sobre lo que estoy tratando de explicar. Eso si, los actores, actrices, autores, directores, guionistas, argumentistas, libretistas y demás gentecilla que vive y se desarrolla en el ambiente pseudo-cinéfilo-artístico, jamás han conseguido tantos premios como este año. Es como si se dedicaran a premiarse unos a otros sin parar, en una rueda en la que: “hoy te toca a ti, pero tu mañana me premias a mi”. Sencillamente patético.
Si alguien quiere ver lo que se puede hacer con un presupuesto realmente bajo y una gran dosis de talento y agudeza, yo recomiendo que veais la pelicula de Clint Eastwood, "El gran Torino", de reciente estreno. Sencillamente genial.
Mientras, el ínclito, progre de diseño, Ramoncin, cuyos logros pasados son autodenominarse “el rey del pollo frito” haciendo una charanga de mortífera calidad, y su logro actual es vanagloriarse de lo mucho que recauda la SGAE, desde que ocupa un excelentemente bien remunerado puesto en su junta directiva, nos amenaza con la salida de un nuevo disco. No te preocupes, Ramón, nadie lo comprará en el top-manta. Tampoco ahí.
Lobo, es el apodo de un amigo. Él, no haciendo honor a su nombre, vive solo, trabaja, cocina para si mismo, bebe cerveza copiosamente y presume de duro con los demás. Pero los que lo conocemos bien, sabemos que es un trozo de pan, con un corazón más bien tierno. Resulta, que hace algún tiempo vio la película "La milla verde", y desde entonces anda buscando una rata, si una rata común, para poderla llevar en el bolsillo, sacarla delante de los amigos, y que esta coma en su mano. Algo tan simple lo haría feliz. Me lo contó este viernes pasado con voz triste y mirando a la nada. Me pasé toda la mañana del sábado buscando la dichosa rata, por todas las tiendas de animales de Getafe. Al final la encontré.
Felipe vino a verme aquella noche, la noche que nos íbamos a ir, me dijo que si tú te ibas, él se moriría… era mi hermano. ¿Has sido feliz con él, verdad? a pesar de todo.
Bueno, digamos que tuvimos una vida tranquila y ahora de vez en cuando lo echo de menos. ¿Y tú?
Me casé, pero solo duró cinco minutos… no eras tú.
¿Qué es esa cajita, que traes?
Es un regalo para ti... un pijama.
Ella abrió la caja lentamente... esta contenía un frasquito de "Channel nº 5".
Antes nos moríamos de otra manera. Salvo accidentes, guerras e imprevistos, los españoles decían adiós muy buenas en el dormitorio de su propia casa y, según las esquelas de ABC, tras larga y dolorosa enfermedad. Eran los nuestros unos óbitos dignos y meridionales, con la familia alrededor, los hijos diciendo papá no te vayas y las vecinas rezando el rosario en la cocina, entre copita y copita de anís del Mono y agua de azahar. Se oía una campanilla, llegaba el cura rezando latines, y una de dos: el agonizante decía pase usted padre, con cristiana serenidad, o lo mandaba a freír espárragos con la mujer y las hijas diciéndole hay que ver, Paco, papá, como eres, te vas a condenar. Morirse en España era morirse uno en cama como Dios manda, protagonista del último acto de su vida, libre de aceptar o rechazar los santos óleos, bendecir a la progenie o, llegado el momento supremo, incorporarse un poco sobre la almohada y decirles a los deudos con el último suspiro eso tan satisfactorio y tan castizo de podéis iros todos a la mierda.
Además, era instructivo para los niños. Ahora los quitan de en medio en el acto, no sea que vayan a traumatizarse con el espectáculo, y así salen después los nenes, creyendo que no van a morirse nunca y que la enfermedad y el dolor son cosa exclusiva de los bosnios y los negritos de Ruanda. Al abajo firmante le dejaros de fumar casi todos los ancestros en casa, y recuerdo perfectamente a dos, llevándome de la mano para darle un último beso al abuelito y a la abuelita cuando ya estaban tiesos como la mojama. A otro abuelo ayude a amortajarlo personalmente con quince años, y recuerdo que mi padre le quitó de la solapa el clavel chulapón que yo, en un exceso de celo, le había puesto buscando un póstumo toque elegante.
El caso es que, claveles aparte, no me quedó ningún trauma, sino todo lo contrario. Todo aquello tenía algo de solemne, de lección de vida y de aprendizaje.
Pero la muerte ya no es lo que era. Ahora vas y te sientes un día un poco pachucho, el yerno te lleva al hospital en el Opel Corsa, y de allí ya no sales. Como si acabaras de caer en una trampa, te ponen un pijama, te llenan de tubos, una enfermera cuarentona pero de buen ver te dice tranquilo, abuelo, esto no es nada, y te pasas la agonía mirando al techo blanco de la habitación de la clínica, con la familia llorosa yendo a verte de cuatro a cinco, y los parientes lejanos de tu vecino de cama, que palmó ayer por la tarde, equivocándose de visita y despertándote en mitad de la siesta para decir qué buena cara tienes, tío Mariano, sin saber que al tío Mariano le enterraron a las doce. Si duras lo suficiente tendrás varios vecinos de cama: desde el que no te deja dormir por las noches con la tos hasta ese otro con el que haces amistad y su mujer, una santa, te da conversación, y hasta se ofrece a traerte la chata o el lagarto para que te alivies por las noches. Eso es lo bueno de los hospitales: que mientras te mueres, conoces gente.
Y después, que ésa es otra, viene lo del tanatorio. Porque antes llegaban los del Ocaso, S.A. a casa y te ponían en una caja de pino, recién afeitado, con el traje de los domingos que sólo te faltaba en el bolsillo el cigarro puro y la entrada para ir a los toros, y después se iban congregando los vecinos y los amigos en el vestíbulo, y la escalera, y la calle, antes de que te sacaran hombros, por muy mal que lo hubieras hecho, para conducirte solemnemente a tu última morada, con las hijas diciendo que no se lleven a papá y una corona con la inscripción: Tus compadres de mus no te olvidan.
Ahora, sin embargo, ponen un biombo mientras te amortajan con una sábana del hospital y te sacan discretamente, a escondidas, como si palmarla fuera algo vergonzoso, y te llevan a toda prisa al tanatorio donde hay ocho o diez funerales a la vez, y la gente llega y pregunta éste es el entierro numero diez, y le contestan no, éste es el numero ocho, el diez es la puerta quince, allí donde llora esa señora. Y aquello ni es funeral ni es nada, todo el mundo mirando el reloj porque hay que desalojar la sala a la hora justa, música de casettes que un día igual se equivocan y te ponen a los Ronaldos mientras el cura –con sandalias y camiseta- despacha el requiéscat con dos mantazos y media estocada. Y para postre, el nicho tiene tu nombre con las letras pegadas de rotulit de ese, que se caen a los tres días, y encima el yerno sugiere que pongan tu foto. Y allí te quedas, en óvalo, mirando al personal con cara de panoli cada uno de noviembre, cuando vienen a cambiarte las flores de plástico.
Ocurrió hace un par de días, de la forma más tonta. Era muy temprano, una de estas mañanas en que el frío parte las piedras en la sierra de Madrid, con el suelo cubierto de una costra de escarcha helada. Me había puesto un chaquetón y una bufanda e iba a comprar el pan y los periódicos a la tienda, que es la única que hay cerca y tiene un poco de todo, desde pan Bimbo hasta el Diez Minutos o tabaco. Está junto a la iglesia, que es pequeña y de granito. Don José, el párroco, pasa por la tienda cada mañana después de misa de ocho, a comprar el ABC. Siempre charlamos un poco sobre la vida, sobre las ovejas de su rebaño, y sobre la mies, que es mucha y cada vez más perra. Por lo general la gente llega a la tienda, compra lo suyo y se va; yo mismo suelo quedarme el tiempo justo para pedir lo mío y pagar. Pero el otro día era tanto el frío que el tendero había hecho una hoguera en la calle con algunos troncos y ramas, y estaba allí el hombre, calentándose. También estaban don José con su boina puesta y un par de viejos albañiles que trabajaban en una obra cercana. Y los pocos clientes que íbamos llegando a esa hora nos demorábamos junto a las llamas, extendiendo las manos ateridas. Y se estaba en la gloria.
Parece mentira lo que hace un buen fuego. Nadie tenía prisa en irse. Algún cliente de los que aparecen a llevarse el pan y no dicen ni buenos días se quedaba por allí, charlando. El pater se puso a evocar los tiempos en que él era cura jovencito y rural en un pueblo perdido de Navarra, cuando tenía que ir en mula por caminos nevados y daba los óleos junto a la chimenea de la cocina. Por mi parte, hablé de la mesa camilla de mi abuela, el brasero y el picón que me mandaban a comprar a la carbonería, y del día en que oí por radio la muerte de Pío XII. Uno de los albañiles rememoró su infancia en el monte como pastor, y detalló cómo sin saber contar más que hasta cinco, llevaba un minucioso registro de ovejas a base de pasar grupos de cinco piedrecitas de un bolsillo a otro. El caso es que todo aquello desató un torrente de confidencias, y al cabo de un rato estábamos allí charlando en una deliciosa tertulia improvisada en torno al fuego, gente que llevábamos años cruzándonos con un escueto buenos días y sin conocernos, y sabíamos de pronto más de unos y otros, en cinco minutos, de lo que habíamos sabido nunca.
Hogar viene de fuego, recordé. Del latín focus y de lar; dios familiar, fuego de familia, la cocina en torno a la que se ordenaba la convivencia. Para el ser humano, enfrentado al miedo y al frío de un mundo exterior que siempre fue mucho más difícil que ahora, el fuego significó tradicionalmente seguridad, compañía, supervivencia. En buena parte de las sociedades modernas ese concepto ha desaparecido; e incluso en fechas como éstas, inconcebibles ya sin la palabrería falsa y el cinismo mercanchifle de los grandes almacenes, la gente no se agrupa en torno a la cocina o a la chimenea, ni siquiera en torno a una mesa de camilla mirándose unos a otros a la cara, conversando, sino que guarda silencio en sofás y sillones mirando al frente, todos en la misma dirección: la del televisor. Y sin embargo, los viejos mecanismos, los reflejos atávicos, siguen ahí todavía. Y a veces, de pronto, en mitad de toda esta narcotizante parafernalia de la electrónica y el confort, basta un día de frío, un fuego casual que aviva la memoria genética de otros tiempos y otra forma de vida, para que los hombres vuelvan a sentirse humanos, solidarios. Para que se acerquen unos a otros, observen alrededor con curiosidad y de nuevo se miren a la cara. Para que evoquen juntos y descubran que esos fulanos que pasan sin apenas saludarse tienen una larga y azarosa historia en común, que los une mucho más que todas las cosas que los separan. Seguía llegando gente, y todos se acercaban a calentarse al fuego. Un tipo con un BMW ostentoso y chaqueta de caza, que siempre me ha parecido un perfecto gilipollas, contaba emocionado cómo su madre le calentaba la sopa cuando tenía gripe y se quedaba en la cama en vez de ir al cole. Es simpático este capullo, terminé pensando para mi coleto. El albañil que había sido pastor cuando niño ofrecía tabaco, y la gente lo encendía con rescoldos de la hoguera. Ni siquiera el tendero tenía prisa por ir a cobrar.
“Ojalá hubiera más hogueras, pater” le comente a don José mientras extendía mis manos hacia el fuego, cerca de las manos de los otros. Y el viejo párroco se reía: “A mi me lo vas a contar, hijo. A mi me lo vas a contar”.
Si fuiste niño o muy joven en los años 60 o 70... ¿Cómo hiciste para sobrevivir?
Acaso eres una persona sobrenatural, o sencillamente eres inmortal. Aquí vas a ver las cosas peligrosas que tuvimos que pasar para llegar al siglo XXI. Realmente si uno lo piensa, se da cuenta que es un verdadero milagro seguir viviendo.
- Bebíamos agua de la manguera del jardín o de la fuente del colegio y no de una botella de agua mineral.
- Íbamos en coches que no tenían cinturón de seguridad ni airbag. Ir en la parte de atrás de una furgoneta era un paseo especial y todavía lo recordamos.
- Nuestras cunas estaban pintadas con brillantes colores de pintura a base de plomo.
- Cuando andábamos en bicicleta no usábamos casco
- Pasábamos horas y horas construyendo carritos de ruedas y los que tenían suerte de tener calles inclinadas, los echaban a rodar calle abajo y en la mitad, se acordaban que no tenían frenos. Después de varios choques con los postes aprendíamos a resolver el problema haciendo trompo.
- Salíamos a jugar con la única condición de regresar antes del anochecer
- Nuestros juguetes, estaban formados de piezas fácilmente desprendibles, imanes, y todas las piezas cabían en la boca de un bebe.
- No teníamos teléfono móvil, así que nadie podía localizarnos......
- Nos caíamos, nos rompíamos un hueso, perdíamos un diente, pero nunca hubo demandas por estos accidentes. Nadie tenía la culpa sino nosotros mismos.
- Comíamos pan con mantequilla y chocolate, tomábamos bebidas con azúcar, no había nada "light", la leche era siempre entera y nunca teníamos sobrepeso.
- Compartíamos una bebida entre cuatro, tomando de la misma botella y nadie se moría por eso.
- No teníamos Playstation, Nintendo 64, X Box, Juegos de video, 99 canales de televisión, videograbadoras y/o DVD, sonido soundround, teléfono móvil, PC, fax y menos Internet. Solo teníamos AMIGOS.
¡Ahí, afuera!, en el mundo cruel, sin guardián. ¿Cómo lo hacíamos?
- Salíamos, nos subíamos en la bicicleta o íbamos a casa del vecino, tocábamos el timbre o sencillamente entrábamos sin llamar y allí estaba nuestro amigo y salíamos a jugar.
- Jugábamos con una pelota de goma, que comprábamos a medias. Formábamos dos equipos y no todos llegaban a ser elegidos pero no nos cogíamos ningún trauma.
- Algunos estudiantes no éramos tan brillantes como otros y cuando perdías un año, lo repetías. Nadie te mandaba al psicólogo, nadie tenía dislexia, simplemente repetías y tenías una segunda oportunidad.
Si en una fiesta (que era en alguna casa) te ponías pedo, tus amigos te dejaban en la puerta de tu casa, tocaban el timbre y salían corriendo.
- Si por casualidad cometías alguna tontería y te metías en líos, llegaba tu padre y te daba una paliza. Nada de Derechos Humanos, ni presentabas un recurso de amparo en tu favor y los amigos se meaban de risa.
- Cuando tus padres te regañaban por alguna cosa, no los demandabas por violencia familiar; sencillamente te quedabas callado y pensabas “la que he liado”.
- Teníamos libertad, fracasos, éxitos y aprendimos a manejarlos.
- Si la maestra citaba a nuestra madre por alguna mala nota u observación la culpa, por supuesto, era totalmente nuestra…
… ¿y las amonestaciones en secundaria?
- Y la aventura picaresca de los “novillos” por el parque del Retiro y el Zoo, para librarnos del examen oral de química?
- Las broncas que nos llevábamos siempre cuando la vieja vecina solterona se quejaba porque con la pelota decía le rompíamos las plantas.